El acoso estudiantil, o bullying, ya no es un asunto exclusivo de la educación básica; poco a poco ha permeado en las aulas de preparatorias y universidades. En México, cada vez se reportan más casos de abusos a estudiantes de educación superior.

El término bullying fue utilizado por primera vez en los años 70 por el doctor Dan Olweus para referirse exclusivamente al abuso y al acoso sistemático en contra de individuos vulnerables en edad escolar.

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Si bien el problema es previo, la identificación de tal tipo de violencia y el marco teórico que aportó el investigador sueco han sido fundamentales para que al bullying se le considere un problema de salud pública y no una simple experiencia de vida para el estudiante y su crecimiento.

La mayoría de nosotros entendimos, cuando éramos niños, la violencia como uno de los tantos costos de crecer. La creencia general de que un niño debía aprender a defenderse para poder sobrevivir día a día era, incluso, compartida por padres y maestros.

Así, los débiles, los miopes, los tímidos, los obesos o los distintos tuvieron que soportar ser humillados con apodos, con violencia y con marginación por el simple hecho de ser como eran. El problema, entonces, no era la violencia sino la falta de resistencia ante ella.

Con el tiempo, la violencia en las aulas hizo su trabajo, y lo que parecía un asunto imprescindible para la formación integral de cada individuo se convirtió, de pronto, en un problema social.

En un documento publicado el 14 de septiembre de 2012 y titulado “Datos importantes sobre bullying”, Fundación en Movimiento recogió cifras de encuestas realizadas por dicho organismo, números del estudio legislativo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), del estudio del secretario general de la ONU en 2007, y de la Secretaría de Desarrollo Social del D.F., en donde distintos problemas sociales se bifurcaban: el suicidio, la depresión, la deserción estudiantil y un larguísimo etcétera comenzaron a compartir un posible punto de origen: el bullying.

Según cifras de la Fundación en Movimiento, tan sólo en el Distrito Federal se documentaron 190 suicidios de adolescentes en 2010 a causa del bullying; números que crecen en México y en el mundo y que, además, han adoptado las formas de la modernidad.

Basta recordar el muy sonado caso de Amanda Todd, la adolescente canadiense quien, con 15 años, por ser incapaz de lidiar con la persecución y el acoso que ejercieron sobre ella sus agresores, quienes, a través de distintas redes sociales, filtraron fotos en donde la adolescente se mostraba semidesnuda, provocando la burla y el desprecio de sus compañeros de clases y sus conocidos.

Días antes de su deceso, Amanda publicó un video en Youtube en donde anticipó las causas de su suicidio.

Desde su definición como tal, y hasta ahora, el bullying es un problema que ha sido tratado desde varios frentes: desde el estudio de sus actores y la determinación de las circunstancias que facilitan su aparición hasta la intervención del Estado a través de la salud pública, así como la investigación y el seguimiento psicológico de infantes y adolescentes vulnerables y violentos.

Pero un problema serio se presenta aquí: ¿existe o no el bullying en la educación superior? ¿Las aulas de los centros de estudios universitarios padecen este tipo de violencia? ¿Cómo debe enfrentarse este fenómeno cuando se da entre adultos?

Las cifras del bullying

Un estudio de la Universidad del Estado de Indiana reveló que el 15% de los estudiantes universitarios en Estados Unidos reportó haber sido víctima de bullying; asimismo, un 22% dijo también haberlo padecido a través de Internet.

Dicho estudio, realizado en 2011 por las profesoras Bridget Robert-Pittman y Christine MacDonald, reveló que el 22% de los estudiantes que cursan la universidad han sido, de una manera u otra, víctimas de bullying.

Esto tiene otras aristas: en México se alcanza la mayoría de edad a los 18 años, y cuando has llegado a ser un adulto adquieres nuevos derechos y responsabilidades. Aclaremos: un niño que golpea a otro no es candidato a comparecer ante la justicia; un adulto que golpea a otro, sí.


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