La historia de la música de 31 minutos es un capítulo aparte en la cultura latinoamericana. Lo que comenzó en 2003 como un brillante noticiero paródico chileno para niños, protagonizado por títeres con personalidades únicas, evolucionó hacia un fenómeno musical sin precedentes. No se trató solo de canciones divertidas dentro de un programa; se creó una banda sonora genuina, con letras ingeniosas, géneros que van desde el rock al pop indie, y una identidad tan fuerte que conquistó a un público mucho más allá del infantil.
Esta es la crónica de cómo Julio Triviño, Juan Carlos Bodoque y todo el elenco de Aplaplac pasaron de leer noticias absurdas a colarse en el Lollapalooza, en el Tiny Desk de NPR y en el corazón de millones, incluyendo a una fiel legión de fans en México, donde su exposición en el Museo Franz Mayer y el tributo de artistas como Belanova y Ximena Sariñana certificaron su estatus de icono cultural.
El programa, creado por Pedro Peirano y Álvaro Díaz, siempre tuvo la música en su ADN. Cada personaje, desde el melancólico Bodoque hasta la energética Mico, tenía su propia voz y estilo. Las canciones no eran meros rellenos; eran extensiones de las historias y reportajes, cargadas de un humor inteligente y una sorprendente profundidad emocional.
Pronto, los álbumes de 31 Minutos comenzaron a venderse como si fueran de una banda convencional, demostrando que su impacto musical era real y tangible.
El punto de inflexión que validó toda la historia de la música de 31 minutos llegó cuando saltaron de la pantalla a los escenarios más importantes:
El fenómeno 31 minutos ya no se mide solo en ratings, sino en su huella cultural:
La historia de la música de 31 minutos es la prueba de que las ideas genuinas y atrevidas pueden romper cualquier molde. Convirtieron una parodia de un noticiero en un legado musical perdurable, demostrando que el contenido “infantil” puede ser sofisticado, emotivo y masivamente popular.
Su viaje desde el estudio de TV en Chile hasta los escenarios más prestigiosos del mundo no es solo una anécdota curiosa; es el recorrido de un fenómeno que entendió que una buena canción, sin importar quién (o qué) la cante, siempre encontrará su camino al oído y al corazón del público.
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