Cada vez que una nueva entrega de El Conjuro arrasa en taquilla, como acaba de hacer la cuarta parte, surge la misma pregunta: si el miedo es una emoción negativa, ¿por qué millones pagamos por sentirlo? La paradoja es fascinante. Disfrutar del cine de terror no es masoquismo; es una experiencia compleja que la psicología y la sociología explican a la perfección. No se trata solo de fantasmas, sino de entender nuestros propios mecanismos internos.
La clave reside en un concepto: el miedo controlado. Sabemos que el peligro no es real, y esa seguridad nos permite experimentar una descarga de emociones intensas de forma segura.
Cuando la pantalla se oscurece y la tensión sube, tu cuerpo activa su sistema de alarma. Pero es una falsa alarma, y eso es lo genial.
En resumen: Es una descarga bioquímica gratificante. Tu cerebro disfruta del viaje emocional extremo, sabiendo que terminará bien.
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Más allá de la química, el terror juega un papel psicológico profundo.
El éxito taquillero terror de El Conjuro 4 no se entendería sin este componente clave.
El estreno de ‘El Conjuro 4’ no es solo otro éxito de taquilla. Es la prueba perfecta de que nuestra fascinación por el miedo es un pilar de la cultura pop. Demuestra que, como humanos, no solo buscamos entretenernos, sino también comprendernos, probar nuestros límites y, finalmente, celebrar el alivio de saber que, al apagarse la pantalla, estamos a salvo.
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