Si hay algo que nunca falla en cada edición de los Juegos Olímpicos, además de las medallas y las banderas, son los titulares sobre condones en las Olimpiadas. En Milán Cortina 2026 no fue la excepción: 10.000 preservativos volaron en solo 72 horas. La organización, entre sorprendida y divertida, confirmó que no repondrían el stock. Pero, ¿qué hay detrás de esta fiebre por los forros?
La historia de los condones en las Olimpiadas viene de lejos y tiene menos que ver con el morbo y más con la salud pública, la tradición y, bueno, con la vida social de la Villa Olímpica. Acá te desglosamos el fenómeno sin rodeos.
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La primera vez que se distribuyeron preservativos en una Villa Olímpica fue en Sydney 2000. Se repartieron 70.000 unidades. La idea no era generar memes, sino conscientizar sobre el VIH y otras ITS en un contexto donde conviven miles de deportistas de todas partes del mundo.
Desde entonces, la cifra no ha dejado de crecer:
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Vamos por partes. No todo es lo que parece. Los atletas tienen motivos muy variados para llevarse los condones en las Olimpiadas:
La distribución masiva tiene un propósito serio. Los organizadores trabajan con fundaciones y ONG para promover el sexo seguro. En un ambiente de confianza y celebración, tener acceso gratuito a preservativos reduce riesgos.
Además, no hay que olvidar que muchos atletas vienen de países donde la educación sexual es limitada o el acceso a anticonceptivos es difícil. Los Juegos se convierten, sin querer, en una gigantesca campaña de salud global.
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Esta edición de invierno dejó una perlita extra. El esquiador noruego Sturla Holm Laegreid, tras ganar bronce, confesó en público una infidelidad a su novia. Sí, justo ahí, con medalla en mano. El dato no viene solo de chisme, sino para ilustrar que en la Villa pasan muchas cosas, y que los condones en las Olimpiadas son solo la punta del iceberg de una convivencia intensa entre cuerpos y egos al límite.
La organización siempre dice que “la demanda supera las expectativas”. Pero la realidad es que los atletas saben que esos condones no volverán a conseguirlos. Entre el coleccionismo, la reventa y el uso real, los números se disparan. Y aunque parezca una anécdota graciosa, detrás hay un mensaje de salud que lleva más de dos décadas funcionando.
Así que la próxima vez que leas “se acabaron los condones en las Olimpiadas”, ya sabes: no es solo fiesta, es tradición, salud y, por qué no, un negocio para algunos.
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