En un país donde la educación debería ser el gran igualador social, obtener un título universitario sigue siendo un privilegio para algunos y una meta casi inalcanzable para otros. Según el Informe de Movilidad Social 2025 del CEEY, la realidad es cruda: los hijos de padres con estudios profesionales tienen siete veces más probabilidades de llegar a la universidad que aquellos cuyos padres solo terminaron la primaria.
Pero, ¿qué significa esto para los jóvenes mexicanos que sueñan con un diploma universitario? ¿Está su futuro académico predeterminado por su cuna? Vamos a desmenuzar los datos, entender las barreras y explorar si hay esperanza para quienes vienen de contextos menos favorecidos.
El informe del CEEY revela algo contundente: la educación se hereda. Si tus padres tienen un título universitario, tus posibilidades de obtener un título universitario se disparan. En cambio, si su educación terminó en primaria, hay un 39% de probabilidad de que tú tampoco superes ese nivel.
Esto no se debe solo a falta de capacidad, sino a desigualdades estructurales: acceso a escuelas de calidad, recursos económicos y redes de apoyo. La educación, lejos de ser un motor de movilidad, está perpetuando las diferencias sociales.
No es ningún secreto: estudiar en México puede ser caro. Aunque existen universidades públicas, muchos jóvenes de bajos ingresos no pueden permitirse dejar de trabajar para estudiar. Entre transporte, materiales y, en algunos casos, colegiaturas, obtener un título universitario se convierte en un lujo.
Además, las familias con menos recursos suelen priorizar el ingreso inmediato sobre la educación a largo plazo. ¿Resultado? Solo el 16% de los jóvenes de estratos bajos logran entrar a la universidad, frente al 60% de los que vienen de hogares con mayores ingresos.
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México tiene un sistema educativo con grandes contrastes. Mientras algunas universidades compiten a nivel internacional, muchas escuelas públicas sufren de falta de infraestructura, profesores poco capacitados y planes de estudio obsoletos.
Para los jóvenes de zonas rurales o marginadas, acceder a una preparación competitiva que les permita entrar a la universidad es casi una misión imposible. Sin una base sólida, muchos abandonan antes de siquiera intentarlo.
Aunque el panorama parece desalentador, no todo está perdido. Programas como “Jóvenes Escribiendo el Futuro” (becas de manutención) y universidades públicas de calidad (UNAM, IPN, UAM) están abriendo puertas.
Además, la educación en línea y las carreras técnicas están ganando terreno, ofreciendo opciones más accesibles. El esfuerzo individual sigue siendo clave, pero cada vez hay más herramientas para romper el ciclo.
Obtener un título universitario en México aún depende demasiado de tu origen, pero no es una sentencia irrevocable. Con políticas públicas más efectivas, acceso a becas y una cultura que valore la educación, las futuras generaciones podrían tener mejores oportunidades.
Si eres de los que luchan contra las estadísticas, recuerda: el cambio comienza con uno mismo. La universidad puede estar lejos, pero no es inalcanzable.
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