Por fin da inicio el equinoccio de primavera, y por ello hablamos de este fenómeno astronómico para conocer mejor de qué se trata.
La palabra “equinoccio” proviene del latín aequinoctium, que significa “noche igual”. Este término se aplica al evento astronómico donde el día y la noche duran exactamente el mismo tiempo. Cada año suceden dos acontecimientos de este tipo: el Equinoccio de Primavera y el Equinoccio de Otoño.
La idea de acudir a las diferentes zonas arqueológicas de nuestro país el día 21 de marzo para “cargarse de energía” no tienen ninguna relación con las prácticas de los pobladores del México precolombino.
Esta tendencia es de origen moderno y responde a las creencias denominadas “New Age”. En los años setenta en Estados Unidos surgió como una protesta para romper el viejo orden, de ahí su nombre “Nueva Era”.
Los equinoccios han tenido gran importancia para diferentes culturas en todos los tiempos, generando diversos mitos y rituales. Las culturas antiguas del viejo y nuevo mundo observaron detenidamente, y durante generaciones, los fenómenos astronómicos. Muchas de ellas lograron llevar un registro preciso de las alineaciones de determinados astros.
Esto les permitió establecer calendarios con el fin de, por ejemplo, calcular la temporada de lluvias, pues algún error podía traducirse en poner en riesgo la cosecha del año.
En el mes que ahora llamamos “marzo”, ellos lo nombraban “tlacaxipehualixtli”, que se podría traducir como “renovación de la Tierra”.
Así, en este periodo del año, se realizaban ceremonias que se practicaban en primer lugar para anunciar el renacimiento de la naturaleza y el comienzo de los trabajos agrícolas, pero también para halagar a los dioses y que estos propiciaran cosechas abundantes sin desastres naturales que las dañaran.
También en las culturas mesoamericanas, la principal festividad era dedicada a la deidad Xipe-Totec (Nuestro Señor el Desollado), dios de lo que ahora llamamos primavera. Los festejos a este dios duraban veinte días dentro de los cuales se sacrificaban guerreros.
Se les sacaba el corazón en la piedra de sacrificios, situada en la parte alta de las escalinatas que daban acceso al templo y, posteriormente, se desollaban.
En el Hemisferio Norte es llamado “Equinoccio primaveral” y marca el paso del Invierno a la Primavera. Los días siguen alargándose y las noches acortándose hasta finales de junio (verano boreal).
El fenómeno de los equinoccios está definido desde hace siglos. Al establecer el calendario juliano en el año 46 a.C., Julio César decidió que el 25 de marzo marcara el equinoccio de primavera en el hemisferio norte.
Este día se convirtió en el primero del año en los calendarios de Persia e India, pero surgió un inconveniente. Resulta que el año juliano es más largo que el año tropical en unos 11.3 minutos de media (o un día cada 128 años) y, por tanto, las fechas fueron cambiando. Para el año 300 d.C., el equinoccio ocurrió el 21 de marzo y para el 1500 d.C. ya se había adelantado al 11 de marzo.
Esta variación llevó al papa Gregorio XIII a crear el moderno calendario gregoriano con el que, luego de varios cálculos y ajustes, quedó establecido que el equinoccio de primavera oscilara entre el 19 y 21 de marzo.
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